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El tribunal del alma    	Todos llevamos dentro de nuestro “yo” un tribunal durísimo y el que siempre saldrá a juzgarnos, hagamos lo que hagamos; eso de “sin conciencia”, no me lo creo en absoluto, y esa conciencia o consciencia, saldrá y se plantará ante  FONDOq233%El tribunal del alma    	Todos llevamos dentro de nuestro “yo” un tribunal durísimo y el que siempre saldrá a juzgarnos, hagamos lo que hagamos; eso de “sin conciencia”, no me lo creo en absoluto, y esa conciencia o consciencia, saldrá y se plantará ante  FONDOq2 33% [ 1 ]
El tribunal del alma    	Todos llevamos dentro de nuestro “yo” un tribunal durísimo y el que siempre saldrá a juzgarnos, hagamos lo que hagamos; eso de “sin conciencia”, no me lo creo en absoluto, y esa conciencia o consciencia, saldrá y se plantará ante  FONDOq20%El tribunal del alma    	Todos llevamos dentro de nuestro “yo” un tribunal durísimo y el que siempre saldrá a juzgarnos, hagamos lo que hagamos; eso de “sin conciencia”, no me lo creo en absoluto, y esa conciencia o consciencia, saldrá y se plantará ante  FONDOq2 0% [ 0 ]
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16112020

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El tribunal del alma    	Todos llevamos dentro de nuestro “yo” un tribunal durísimo y el que siempre saldrá a juzgarnos, hagamos lo que hagamos; eso de “sin conciencia”, no me lo creo en absoluto, y esa conciencia o consciencia, saldrá y se plantará ante  Empty El tribunal del alma Todos llevamos dentro de nuestro “yo” un tribunal durísimo y el que siempre saldrá a juzgarnos, hagamos lo que hagamos; eso de “sin conciencia”, no me lo creo en absoluto, y esa conciencia o consciencia, saldrá y se plantará ante




El tribunal del alma

Todos llevamos dentro de nuestro “yo” un tribunal durísimo y el que siempre saldrá a juzgarnos, hagamos lo que hagamos; eso de “sin conciencia”, no me lo creo en absoluto, y esa conciencia o consciencia, saldrá y se plantará ante nosotros, cuando menos la esperemos, puede que “duerma” alguna vez, pero siempre saldrá para hacernos ver lo mal hecho; puede considerarse como un complemento de la “ley del Karma o de Causa y Efecto”, que castiga o premia, según obremos en la vida que se nos tenga asignada en “éste perro mundo”; dónde un misterio terrible, encierra el devenir de cada “mono humano”, muchos de los cuales realizan atrocidades, las que al parecer quedan impunes, para desamparo, amargura o desesperación, de los que no comprendemos el qué y el porqué, de lo que ocurre y que en la actualidad es tan hediondo; aunque analizado a fondo, la Historia; en todas las épocas ocurrieron cosas similares o incluso peores, y las que en mayoría no fueron juzgadas por los jueces de su tiempo; y da la sensación de que las impunidades de entonces, simplemente se repiten hoy como siempre y eso meditándolo, resulta horroroso.
Las religiones, algunas, dejan estos asuntos a resolver, por lo que nos dicen es o será, “la justicia divina”, pero “la divinidad no se deja ver y yo creo que nunca la vio ningún “mono humano”; si bien hay una filosofía que resuelve esa justicia divina, como tribunal justo y que aplica, lo que Cristo y con sus metáforas ya dejara dicho… “Quién a hierro mata a hierro muere”; y lo que concuerda con la antes dicha, “ley del Karma o de Causa y efecto”; pero ¿cómo y cuándo se juzgaría a estos delincuentes y cómo pagarían sus latrocinios, sobre todo los grandes asesinos, destructores incluso de pueblos y grandes áreas del mundo?
La respuesta única que hay, la dan los, “espíritas o espiritistas con su filosofía o religión sin templos ni sacerdotes”; cosa que hay que aclarar, que no es una verdad que se pueda demostrar, pero que sí que nos apunta “indicios”, más que suficientes, de que si no todo, algo o mucho, ya se paga en esta vida, puesto que el resto, y según esta filosofía, se pagará “hasta la última partícula o gota”, en las sucesivas reencarnaciones que el depravado en esta vida, habrá que afrontar y en ellas; vivir, existencias inimaginables, porque tiene que pagar a tenor con lo que hizo en ésta; y en algunos o muchos casos, “eso no se paga en una sóla reencarnación, veamos.
De la literatura europea destaco dos personajes famosos; uno fue Enrique VIII de Inglaterra, del que se nos relata una vida de excesos y tiranía, no sólo por cuanto manda matar a su esposa más famosa (Ana Bolena) sino que por sus lujurias, se enemista incluso con el Papa de Roma, rompe con él y “se crea su propia religión”, para lograr el divorcio que “el romano no le da”; y se convierte en el máximo heredero de la denominada “Anglicana”, que igualmente hereda su familia. Para lograr sus fines, incluso condena a muerte nada menos que a Tomás Moro, posiblemente el hombre más íntegro de su reinado y que hoy, “lo declaran santo las religiones anglicana y católica”; amén de todos cuantos latrocinios cometió o mandó cometer. Pues bien, tras tan larga vida de déspota, muere de enfermedad larga y horrible, como demuestran sus historiadores, asegurando, que antes de morir, “ya su carne era una piltrafa putrefacta y que despedía hediondos hedores, amén de dolores atroces”; lo que ya demuestra que, “en esta vida ya pagó bastante por sus excesos”.
El segundo personaje es o fue, Oscar Wilde, que junto a su mujer fueron espiritistas; y este intelectual nos deja entre otras, su gran obra; “El retrato de Dorian Gray”, en la que demuestra ese sentir del “otro mundo”, para lo cual imagina, un cuadro pintado y que representa la belleza material del retratado en el mismo, pero cuyo cuadro y a medida que el personaje del cuadro se va depravando, el cuadro se va transformando en lo que el autor imagina son las realidades de su infame alma; lo que de alguna manera indica, “los castigos” que le esperan al protagonista aquí en este mundo y en el otro tras la muerte.
Otros personajes tiránicos y famosos fueron Nerón, que al final y tras tantos excesos como se le asignan, tiene que morir cobardemente, “suicidado” por un esclavo que la da muerte ante la súplica del tirano, ya sólo y abandonado. Igualmente le ocurre al el emperador Yongle, que volvió a establecer su capital en Pekín y allí comenzó en 1406 la construcción de lo que se convertiría en la Ciudad Prohibida. La construcción duró quince años, requirió la participación de más de un millón de trabajadores, amén de la esclavización del inmenso país y sus recursos, para “gloria” del “hijo del cielo”, que entre sus caprichos, se reservó el color amarillo para sus vestidos, condenando a muerte a cualquiera de sus súbditos que osara vestir de igual color. Curiosamente fue ahorcado con el cinturón amarillo de su último vestido, con el que hubo de huir, acompañado de uno de sus miles de eunucos, que “le ayudó” a ahorcarse con tan valiosísimo cinturón o faja del traje imperial; hecho que ocurre ya en un descampado y fuera de, “su ciudad prohibida”, la que ya conquistaban los que le derrocaron. En España podemos señalar a un indeseable rey moderno y que pasó a la historia, como, “el rey felón” (Fernando VII) por su falta de escrúpulos y bajezas, amén de los asesinatos que mandó cometer; y cómo dejó al pueblo español en su nefasto reinado. Y así podríamos señalar a tantos otros, “coronados o sin corona”, y que la lista sería interminable; y en todos ellos, aparentemente no se arrepintieron de nada, pero seguro que “la procesión y por tiempos que sólo ellos sabrían, la llevaron por dentro”.
Y digo esto último, por cuanto, la mayoría de “monos humanos”, cuándo hemos realizado algo contrario a lo que debiéramos haber hecho, siempre hay, “una voz interior” que nos avisa y remuerde la conciencia, recordándonos el hecho, sin que sea de la índole de lo que relato de estos, “grandes monos coronados y llenos de privilegios”; por ello y con más motivo, cito esto último, y me creo, lo de “ese tribunal interior o universal”, que juzga y condena sin perdón alguno, los males que se hacen, los que si bien tienen perdón (así lo dice la filosofía citada) pero antes de ello, hay que pagar hasta la última consecuencia, de “los delitos o pecados cometidos anti natura y en perjuicio de inocentes, que en su momento sufrieron sus consecuencias”. ¿Qué esto no se puede demostrar? Bien; pero observemos que muchos empiezan a pagarlo en su propia vida y antes de pasar a la que nos dicen existe tras la muerte; “cuyo tribunal no tiene prisa alguna, pero que siempre ajustará cuentas finales”.

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
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Antonio García Fuentes
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