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Para meditar: Nace el hombre sin poder escoger su destino. Herencia, a veces, un cuerpo deforme. O ha de crecer en un pésimo ambiente de miseria física y moral. Otras, en cambio, disfrutan de un cuerpo vigoroso y de un ambiente feliz. Hay niños que na

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26082016

Mensaje 

Para meditar: Nace el hombre sin poder escoger su destino. Herencia, a veces, un cuerpo deforme. O ha de crecer en un pésimo ambiente de miseria física y moral. Otras, en cambio, disfrutan de un cuerpo vigoroso y de un ambiente feliz. Hay niños que na




Para meditar:

Nace el hombre sin poder escoger su destino. Herencia, a veces, un cuerpo deforme. O ha de crecer en un pésimo ambiente de miseria física y moral. Otras, en cambio, disfrutan de un cuerpo vigoroso y de un ambiente feliz.
Hay niños que nacen con deficiencia mental y otros que mueren en medio de terribles dolores. Hay quienes quedan inválidos o fallecen en su juventud o en plena madurez, sin poder realizar sus proyectos. En cambio, hay enfermos incurables y personas que ya han perdido sus facultades, que parecen condenados a seguir viviendo indefinidamente, sufriendo ellos y quienes los tienen a su cargo.
Aparentemente con iguales méritos, hay quien es afortunado y se ve colmado de bienes: belleza, riqueza, éxito; en tanto que hay quien se halla de continuo sumido en el fracaso, las privaciones, la desgracia.

Hay seres indefensos que son torturados o mutilados en medio de las guerras y persecuciones más atroces, mientras que verdaderos malhechores triunfan y viven a costa de los demás. Hay héroes cuyo sacrificio permanece ignorado, en tanto que otros, sin grandes merecimientos, disfrutan de fama y honores.
Muchas personas se preguntan: “Si existe un Ser Supremo, omnipotente y bueno, al que llamamos Dios ¿cómo puede permitir tanta injusticia?... ´¿Por qué existen las enfermedades y los cataclismos? No hallando respuesta, algunos se inhiben hábilmente de la cuestión diciendo que los designios de Dios son inescrutables. Pero esto, aparte de no resolver el problema, es un desprecio a la facultad de razonar que nos ha sido dada y a la que no debemos renunciar.

Leyes naturales:

Todo en la Naturaleza está sujeto a la ley del mínimo esfuerzo. Aprovechando o sometido a la fuerza de la gravedad, un río recorrerá muchos kilómetros y dará inúmeras vueltas con tal de seguir descendiendo hacia el mar. Ir en línea recta hacia él representaría subir pendientes y hacer un esfuerzo inútil que repugna a la Naturaleza.
La conducta del hombre también se halla sujeta a esta ley: conseguir el máximo resultado con el mínimo esfuerzo posible.
Igual principio rige en la mecánica cósmica.
Por lo que respecta a la vida, ésta no podría diferenciarse de los demás fenómenos de la Creación.
Todo en la Creación, desde los átomos a las galaxias, lleva como marca de fábrica, una perfección que maravilla al investigador. Todo se produce con sujeción a unas leyes naturales que parecen encaminadas a cumplir un plan que va de lo simple a lo complejo, de un caos inicial a un sistema cada vez más armónico.
Pero he ahí que, por lo general, el hombre se pasa setenta o más años recibiendo tremendas lecciones de la vida, acumulando experiencias, aprendiendo cosas, desarrollando facultades. ¿No parece absurdo creer que todo este esfuerzo no sirve para nada y que, una vez realizado, todo resultado se esfuma y todo el bagaje adquirido se destruye? ¿Es posible que el hombre, que también forma parte de la Creación, sea un simple aborto sin ton ni son?
Podría hacerlo pensar así la contemplación de los errores que, sobre todo en materia social, vienen acumulándose a través de la historia. Pero si profundizamos en la materia podremos comprobar que todavía no ha sido puesto en práctica un sistema acorde con las leyes naturales. Y, como digo Roger Bacón, la Naturaleza sólo puede ser dominada obedeciendo sus leyes.
Individualmente hallaremos también razones que nos darán a entender que la existencia del hombre no se limita a las vivencias relacionadas con su cuerpo perecedero. Si es posible aceptar esta hipótesis, cambia por completo el panorama de la vida, ahora mezquino y restringido, adquiriendo magnitud de esplendor.

Renovado despertar:

Observemos lo que ocurre en la Naturaleza: En la primavera brota por doquier la v ida, que alcanza su esplendor en verano y su ocaso en otoño. A esto sigue el invierno, en el que la muerte parece triunfar. Un espectador que observase este ciclo por primera vez podría asegurar convencido, al llegar la etapa invernar, que ya todo había terminado… Pero llega la primavera siguiente y la vida vuelve a surgir con renovado vigor.
También en el propio hombre vemos que cada noche se desprende de sus vestidos, se acuesta y adopta el aspecto de un cadáver. Pero despierta al día siguiente para reemprender sus actividades.
¿Por qué la muerte no sería algo análogo? Al final de la jornada nos desprendemos de nuestro cuerpo marchito, que ya no puede soportar la vida. Esta se apaga, pero el espíritu permanece latente en espera de una nueva jornada en la que, renaciendo, disfrute de un nuevo cuerpo que le sirva de herramienta para continuar su aprendizaje de la vida y continuar su evolución.
¿Hay alguna razón que apoye esta idea? Sí. La Física enseña que la materia es indestructible. Masa y energía pueden combinarse entre sí, pueden sufrir mil transformaciones, pero jamás desaparecen. Pues bien: si la materia tiene esta propiedad ¿cómo puede perderse y desaparecer el espíritu, cuya elaboración es mucho más costosa para la Naturaleza? Lógico es pensar que cuando la vida parece destruirse, sólo haya un cambio de forma; cuando la muerte nos alcanza sólo afecta a la envoltura corporal; la verdadera esencia del hombre despierta en otra dimensión.
Por otra parte, si como las cuentas de un collar, las vidas forman una serie de desgracias sufridas casualmente, pueden serenos compensadas en otras, y los errores cometidos, superados en pruebas posteriores. Con ello resultaría que cada criatura disfrutaría exactamente de las mismas posibilidades, debiendo someterse a la experiencia de la vida tantas veces como fuesen necesarias, hasta alcanzar aquella perfección en la que tales experiencias serían ya superfluas.

Equidad:

De este modo resultaría que, así como en la escala de la evolución hay seres deformes, de nulos o escasos movimientos y de vida torpe y mísera, mientras que en otros brillan la agilidad, la belleza y la inteligencia, en la esfera humana el vicio y la estupidez denotarían un alma que no ha superado todavía sus primeros ensayos, en tanto que la bondad y la sabiduría serían el blasón del alma madura por la experiencia de mil vidas.
Por otra parte, ningún ser, por abyecto que fuese, podría renunciar a la perfección final. Simplemente se vería obligado a vencer tantas cuantas pruebas fuesen necesarias para lograr finalmente la bondad que le libraría de su erróneo pasado y de la cadena de vidas a que todo ser ha de estar sometido durante las etapas evolutivas, hasta llegar a conseguir el amor universal y haber aprendido a ponerse enteramente al servicio de los demás.
No temas, pues, la Muerte. Defiéndete de ella porque todos tenemos una misión y no podemos dejar de cumplirla so pena de tener que volver a empezar. Pero si te alcanza, alégrate de pensar que sólo es aparente, la vida continúa y continuará siempre.
Y mientras vivas, aprovecha todas las ocasiones que se te presenten para hacer el bien; es la única manera de progresar. El camino de la salvación no es el de la tristeza y las privaciones estériles, sino el de la alegría y la felicidad contagiosa. El único provecho verdadero que sacarás de ti mismo será aquello que hagas a favor de los demás. Es la ley natural de la reciprocidad. De una manera simplista puede decirse que, en cambio, quien perjudica en algo a su semejante, pone las bases para en una próxima ocasión, hallarse en la situación inversa. Esto explica la razón de las desigualdades y de la dureza del destino de unos frente a la fortuna de otros. La superación positiva de las situaciones adversas o afortunadas da lugar a situaciones placenteras, mientras que las reacciones negativas ocasionan una mayor dureza en las pruebas a que hay que someterse.


Creencias:

No hay que despreciar ninguna puesto que todas son necesarias, de acuerdo con el grado de evolución de cada individuo.
Es posible que las tuyas choquen con estas teorías. Olvida éstas y conserva tus doctrinas si satisfacen tu espíritu. Te las brindamos solamente por si dudas de la perfección del creador y de su obra.
Quien dude de esta perfección debería reflexionar acerca de lo que le ha sucedido en el transcurso de su vida y pensar que casi nada ocurre por simple causalidad.
Todo está sujeto a un plan y, por una ley espiritual que ahora no vamos a desmenuzar, ningún esfuerzo deja de tener compensación pero sólo aprovechan aquellos que se hace al servicio del prójimo. ¿Quieres aprender? Dedícate a enseñar. ¿Quieres ser amado? Ama. ¿Quieres ser feliz? Busca la felicidad de aquellos con quienes te tropieces.
También es posible que haya quien rechace estas teorías, no por tener otras creencias más firmes sino por “no creer en nada”. Tales personas deberían reflexionar acerca de un hecho incontestable. Todo se transforma continuamente pero nada ha salido de la Nada. Lo que existe, pues, en una forma u otra ha existido siempre y seguirá existiendo. Si hay unas leyes que rigen esta existencia universal, más vale actuar de acuerdo con ellas que tratar de ignorarlas… y pagar las consecuencias.
Creas lo que creas, no odies al que obra mal. Hazte cargo de que está equivocado o forzado por las circunstancias. En su situación probablemente nos habríamos comportado del mismo modo. Más bien compadezcámoslo pues, de una manera u otra, tendrá que pagar su error. Como el que se aparta del buen camino, tendrá que volver a él lastimado por las espinas halladas a su paso.

Higiene mental:

Por los médicos ha sido comprobado reiteradamente que los enfermos que tienen fe, que rezan, que confían en fuerzas sobrenaturales que les curen, soportan mejor el dolor y la enfermedad y recuperan la salud mucho antes que los demás. Es una demostración más de que, por muy importante que sea la materia, lo es más el espíritu, al que corresponde dominar y dirigir aquella.
Es por esto que conviene vigilar constantemente la índole de nuestros pensamientos y practicar una rigurosa higiene mental. Por la ley del mentalismo, los pensamientos atraen lo que les es afín y así van configurando la vida que llamamos real, de modo que resulta armónica para quienes sustentan pensamientos de optimismo, comprensión, amistad, paz y esperanza, mientras que se hace peligrosa para quienes toleran pensamientos de pesimismo, intolerancia, odio, envidia, temor, desesperación y otras ideas negativas.
Disipa, pues, tus temores. Desempeña con confianza la misión que la vida te ha deparado. Aprovecha del mejor modo posible el día de hoy procurando hacer todo el bien que puedas. Y no te preocupes por el futuro. Cuando tu cuerpo gastado no sirva ya para tu labor, renacerás con nuevo cuerpo y nuevas condiciones, para seguir perfeccionando tu espíritu. La vida no se destruye y el camino sigue siempre adelante. Es inútil pararse o retroceder, pues luego hay que recuperar el retraso sufrido. Pero, sea como sea, el Bien acaba triunfando de manera absoluta. No hay otra opción.
NOTA:
EL RESTO EN MI WEB: DISCURSO A LA SABIDURÍA [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
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NOTA FINAL: Éste texto sin firma, lo recibí un día hace ya bastantes años… en su momento repartí foto-copias; aún no sabía “nada de ordenadores”… hoy he encontrado una copia dentro de uno de mis libros y me he apresurado a copiarla y archivarla, para que no se pierda. Yo y no sólo por este texto “para meditar”… hace tiempo que creo en la reencarnación, puesto que si bien es cierto que “científicamente” nada se ha demostrado aún, pero por los múltiples libros, lecturas y conversaciones mantenidas, creo en que es la única razón lógica para explicarse… “el qué y el por qué”, del ser humano y por ende, del resto de la Creación… por otra parte y para afianzar dicha creencia… ¿Se nos pide algo a cambio de creer o no creer en ella?... ¡No!... todos estos comunicados y transmisiones, han de ser practicados gratuitamente, “los mercachifles no tienen cabida en ellos y es de los que hay que desconfiar; se digan videntes, adivinos o lo que quieran”… y por último… ¿Cuesta algo al ser humano, al menos, tener una esperanza en ello?... creo que no. Yo manifiesto, que desde que acepté ello, vivo en cierta paz y concordia que antes no conseguía de ninguna de las maneras… y honradamente lo manifiesto hoy… por si a alguien le sirve en el futuro… “nadie obliga a nadie”, pero es bueno tener un grado de esperanza.


Jaén 25 de Marzo del 2006
Antonio García Fuentes
(Escritor y Filósofo)

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